Ser como ellos.
Los sueños y las pesadillas están
hechos de la misma materia, pero se dice que esta pesadilla es el único sueño
que se nos permite: un modelo de desarrollo que desprecia la vida y adora las
cosas.
Promesa de los políticos, razón
de los tecnócratas, fantasía de los desheredados, el Tercer Mundo se convertirá
en Primer Mundo y será rico, culto y feliz, si se comporta bien y hace lo que
se le ordena sin chistar ni objetar. La buena conducta de los muertos de hambre será recompensada por un destino de prosperidad, en el último capítulo de la
telenovela de la historia. El gigantesco cartel luminoso que ilumina el camino
del desarrollo de los subdesarrollados y de la modernización de los atrasados,
anuncia que podemos ser como ellos.
Pero aquéllo que no puede ser, no
puede ser, y además es imposible, como decía Pedro el Gallo, torero: si los
países pobres llegaran al nivel de producción y derroche de los países ricos,
el planeta moriría. Nuestro desgraciado planeta está ya en estado de coma,
gravemente intoxicado por la civilización industrial y exprimido hasta la
última gota por la sociedad de consumo.
En los últimos veinte años,
mientras se triplicaba la humanidad, la erosión ha asesinado el equivalente de
toda la superficie cultivable de los EEUU. El mundo, convertido en mercado y
mercaderías, está perdiendo quince millones de hectáreas de selva por año, de
éstas, seis millones se han transformado en desiertos. La naturaleza,
humillada, fue puesta al servicio de la acumulación del capital.
Se envenena la tierra, el agua y
el aire para que el dinero pueda producir más dinero sin perder el margen de
ganancia. Es eficiente quien gana más en menos tiempo.
La lluvia ácida de los gases
industriales mata los bosques y los lagos del norte del mundo, mientras los
residuos tóxicos envenenan los ríos y los mares, y en el sur la agroindustria
de exportación avanza desplazando árboles y personas. Al norte y al sur, al
este y al oeste, el hombre serrucha con entusiasmo delirante la rama donde está
sentado.
Desde el bosque hasta el
desierto: modernización, devastación. En el incendio ininterrumpido del
Amazonas arde media Bélgica por año, quemada por la civilización de la avidez,
y en toda la América Latina la tierra se está despellejando y secando. En
América Latina mueren veinteidos hectáreas de bosque al minuto, en su gran parte
sacrificados por las empresas que producen carne y madera, en gran escala, para
consumo exterior. Las vacas de Costa Rica se convierten en hamburguesas de los
MacDonalds en los EEUU. Hace medio siglo los árboles cubrían tres cuartos del
territorio de Costa Rica. Hoy quedan pocos y, al ritmo actual del
desbocamiento, este pequeño país se habrá convertido en desierto antes de fin
de siglo. Costa Rica exporta carne a los EEUU, y de los EEUU importa
insecticidas cuyo uso está prohibido en el propio territorio estadounidense.
Pocos países dilapidan las riquezas de todos. Crimen y delirio de la sociedad
del despilfarro: el seis por ciento más rico de la humanidad devora un tercio
de toda la energía y un tercio de todos los recursos naturales que se consumen
en el mundo. Según las estadísticas, un americano del norte consume tanto como
cincuenta haitianos. Lógicamente esta estadística no habla de los habitantes
del barrio de Harlem, ni de Baby Doc Duvalier, pero de todos modos es justo
preguntarse : ¿ qué sucedería si los cincuenta haitianos, improvisamente,
consumieran tanto como cincuenta norteamericanos? ¿ Qué sucedería si toda la
inmensa población del sur, pudiera devorar el mundo con la misma voracidad del
norte? ¿Qué sucedería si se multiplicaran en la misma loca medida los artículos
de lujo, los automóviles, las heladeras, los televisores, las centrales
nucleares y eléctricas? Todo el petróleo del mundo se agotaría en diez años, ¿y
qué sucedería con el clima, ya cercano al colapso por el recalentamiento de la
atmósfera? ¿Qué sucedería con la tierra, con la poca tierra que la erosión nos
está dejando? ¿Y con el agua, que ya la cuarta parte de la humanidad bebe
contaminada de nitratos e insecticidas, de los residuos industriales de
mercurio y plomo? ¿Qué sucedería? No sucedería. Deberíamos cambiar de planeta.
Este que tenemos está ya tan agotado que no podría soportarlo.
El precario equilibrio del mundo,
ya al borde del abismo, depende de la constante injusticia. Es necesario la
miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos. Para que pocos
puedan continuar a consumir más, muchos deberán continuar a consumir menos. Y
para evitar que ninguno supere los límites, el sistema multiplica las armas de
guerra. Incapaz de combatir la miseria, combate los pobres, mientras la cultura
dominante, cultura militarizada, bendice la violencia del poder..
El "American way of
life", que privilegia el derroche, puede ser practicado sólo por las
minorías dominantes de los países dominados. Su aplicación maciza implicaría el
suicidio colectivo de la humanidad. Posible, no es. Pero, ¿sería deseable?
¿Queremos ser como ellos?
En un hormiguero bien organizado,
son pocas las hormigas reinas y muchísimas las hormigas operarias. Las reinas
nacen aladas y pueden hacer el amor. Las operarias no vuelan y no aman,
trabajan para las reinas. Las hormigas policias vigilan a las operarias y
también a las reinas.
La vida es algo que sucede
mientras uno está ocupado en hacer otras cosas, decía John Lennon. En nuestra
época, signada por la confusión de los medios y de los fines, no se trabaja para
vivir: se vive para trabajar. Algunos trabajan cada vez más porque necesitan
más de aquéllo que consumen, otros trabajan cada vez más para continuar a
consumir más de lo que necesitan.
Resulta normal que la jornada de
ocho horas de trabajo en América Latina, pertenezca al dominio del arte
abstracto. La realidad de muchísimas personas que no tienen otro modo de evitar
el hambre, es el doble empleo que las estadísticas oficiales raramente
confiesan. Pero, ¿resulta normal que el hombre trabaje como una hormiga en la
cumbre del desarrollo? ¿La riqueza lleva a la libertad, o multiplica el miedo a
la libertad?
El sistema dice "ser es
tener", y la trampa consiste en el hecho que quien más tiene, más quiere
y, a fin de cuentas, las personas terminan por pertenecer a las cosas y
trabajan para ellas. El modelo de vida de la sociedad de consumo, que hoy se
impone como único modelo en escala universal, convierte el tiempo en un recurso
económico, cada vez más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se
invierte. Pero, ¿quién es el dueño del tiempo? El automóvil, el televisor, el
video, la computadora, el teléfono celular y otros símbolos de felicidad,
máquinas creadas para ahorrar tiempo o pasar el tiempo, se adueñan del tiempo.
Por ejemplo, el automóvil dispone no solamente del espacio urbano sino también
del tiempo humano. En teoría, el automóvil sirve para ahorrar tiempo pero, en
la práctica, lo devora. La mayor parte del tiempo de trabajo es destinada a
pagar el medio de transporte para ir a trabajar que, por otro lado, resulta
cada vez más devorador del tiempo a causa de los embotellamientos del tráfico
en las ciudades modernas.
No es necesario ser genio en
economía. Basta un poco de sentido común para hipnotizar que el progreso
tecnológico, multiplicando la producción, reduce el tiempo de trabajo. El sentido
común no ha previsto, ciertamente, el miedo al tiempo libre, ni las trampas del
consumismo, ni el poder manipulador de la publicidad. En las ciudades de Japón,
se trabaja 47 horas a la semana desde hace veinte años. Mientras tanto, en
Europa, se redujeron las horas de trabajo, muy lentamente, a un ritmo que no
tiene nada que ver con el desarrollo acelerado de la producción. En las
fábricas robotizadas trabajan diez obreros donde antes trabajaban mil; pero el
progreso tecnológico genera desocupación, en vez de ampliar los espacios de
libertad. La libertad de perder tiempo: la sociedad de consumo no permite
semejante derroche. Hasta las vacaciones, organizadas por las grandes empresas
que industrializan el turismo de masa, se transformaron en un trabajo
extenuante. Matar el tiempo, en las localidades estivas modernas se reproduce
el vértigo de la vida cotidiana en los hormigueros urbanos.
Según los antropólogos, nuestros
antepasados del paleolítico no trabajaban más de 20 horas a la semana. Según
los periódicos, nuestros contemporáneos suizos han votado, a fines de 1988, un
plebiscito que proponía de reducir la jornada laboral a 40 horas semanales:
reducir la jornada sin reducir los salarios. Y los suizos votaron en contra.
Las hormigas comunican tocándose
las antenas. Las antenas de la televisión comunican con los centros de poder
del mundo contemporáneo. La pequeña pantalla nos ofrece el deseo de la
propiedad, el frenesí del consumo, la excitación de la competencia y el ansia
del suceso, como Colón ofrecía espejitos a los indios. Mercancía de suceso. La
publicidad no nos cuenta, en vez, que los EEUU actualmente consumen, según la
Organización Mundial de la Salud, casi la mitad del total de los
tranquilizantes que se venden en el planeta. En los últimos veinte años, la
jornada laboral aumentó en los EEUU. En el mismo período se duplicó la cantidad
de enfermos de stress.

